Serenidad y paciencia al destapar a la pretensa.
En política quizá sea más fácil saber ganar que saber perder. La
victoria suele reunir voluntades; la derrota, en cambio, pone a prueba
convicciones, lealtades y carácter.
Por eso resulta significativa la aclaración hecha por Javier Lamarque
Cano después de que en redes sociales circulara un texto que se le atribuía y
en el cual supuestamente manifestaba inconformidad con el proceso interno de
Morena que concluyó con la designación de Lorenia Valles Sampedro como
coordinadora en Sonora.
Lamarque fue categórico: no reconoció como suyo aquel mensaje, manifestó
estar conforme con el resultado, afirmó no tener reclamo que formular y expresó
su respaldo a Lorenia Valles.
La aclaración tiene importancia porque una competencia interna inevitablemente
genera expectativas. Quien participa en ella lo hace porque considera que puede
ganar. Lamarque tenía razones para aspirar a la coordinación y seguramente
esperaba un desenlace favorable. No ocurrió así.
Y es precisamente allí donde comienza otra dimensión de la política.
La democracia no consiste solamente en defender un procedimiento cuando
nos beneficia. Su prueba más difícil llega cuando el resultado favorece a otro.
Aspirar legítimamente a una responsabilidad pública no significa adquirir un
derecho sobre ella.
Hay una antigua enseñanza política que conserva vigencia: el poder es
circunstancial; las convicciones, si verdaderamente existen, deben sobrevivir a
la circunstancia.
Lamarque pudo inconformarse. Optó públicamente por reconocer el
resultado y continuar con su responsabilidad como alcalde de Cajeme. Cada
ciudadano podrá interpretar políticamente esa decisión, pero el hecho concreto
es éste: frente a las versiones que pretendían colocarlo en confrontación con
Lorenia Valles, él mismo negó esa confrontación.
Y eso también obliga a reflexionar sobre otro fenómeno de nuestro
tiempo: la facilidad con que una frase falsa puede adquirir apariencia de
verdad simplemente porque circula muchas veces.
Las redes sociales han democratizado la palabra, pero no necesariamente
la verdad. Hoy cualquiera puede fabricar una declaración, atribuírsela a un
personaje público y ponerla a circular antes de que el aludido tenga siquiera
oportunidad de desmentirla. Por ello, en tiempos de competencia electoral, la
responsabilidad del ciudadano no termina al recibir información: comienza
precisamente allí, preguntándose quién lo dijo, dónde lo dijo y si existe una
fuente verificable.
La unidad política, por otra parte, tampoco debe confundirse con
ausencia de diferencias. Un partido democrático puede albergar aspiraciones,
desacuerdos e incluso proyectos personales distintos. La verdadera unidad no
consiste en que nadie discrepe, sino en que la competencia interna no destruya
aquello que sus integrantes dicen compartir.
Morena enfrenta ahora esa prueba en Sonora. Lorenia Valles obtuvo la
coordinación; quienes aspiraron a ella deberán decidir cómo participan en la
etapa siguiente. Lamarque ya expresó públicamente cuál será su posición:
aceptar el resultado y respaldar el proyecto.
Vendrán rumores, interpretaciones y versiones interesadas provenientes
de distintos actores, como ocurre en prácticamente toda contienda política.
También crecerá la atención sobre Movimiento Ciudadano y sobre Luis Donaldo
Colosio Riojas, cuyo futuro electoral rumbo a 2027 todavía no ha sido
formalmente definido.
Pero precisamente por eso conviene separar los hechos de las conjeturas.
La política democrática se empobrece cuando necesita inventar palabras
al adversario para combatirlo. Las diferencias reales son suficientes para
discutir proyectos, trayectorias y resultados.
Al final, la fortaleza de cualquier movimiento político no puede medirse
únicamente por cuántos ciudadanos logra reunir cuando las cosas marchan bien.
También se mide por su capacidad para procesar las aspiraciones frustradas sin
convertirlas necesariamente en rupturas.
Porque ganar una encuesta puede otorgar una candidatura o una
responsabilidad política.
Saber qué hacer después de no ganarla revela otra cosa: la relación que
cada político mantiene con el poder.
Y esa diferencia, aunque no aparezca en ninguna encuesta, también cuenta.
