miércoles, 21 de octubre de 2026

Morena unidad sobre los tontos

 DISPUTA POR EL PODER EN SONORA

La reunión convocada por Alfonso Durazo revela una operación de integración política que busca evitar fracturas después de la definición sucesoria. Sin embargo, la verdadera unidad del movimiento dependerá de cómo se distribuyan las responsabilidades, las candidaturas y el poder territorial rumbo a 2027.

Por Leonardo Reichel Urroz

En política, las fotografías suelen mostrar lo que sus protagonistas desean comunicar, pero no necesariamente todo lo que ocurre detrás de ellas. La imagen difundida este 20 de octubre, en la que el gobernador Alfonso Durazo aparece acompañado de diversos dirigentes de Morena y antiguos aspirantes a cargos de elección popular, merece una lectura que vaya más allá de la celebración de una supuesta unidad partidista.

La reunión, congregó a figuras como Célida López, Omar del Valle Colosio, Froylán Gámez, Norberto Barraza, Jacobo Mendoza, Diana Karina Barreras, Adolfo Salazar y otros integrantes del movimiento. No fue una concentración de militantes anónimos, sino de personajes con trayectorias, intereses y expectativas políticas diferenciadas.

Su significado resulta más claro si se observa el momento en que ocurre: apenas unas semanas después de que Lorenia Valles Sampedro obtuviera la coordinación estatal de los Comités de Defensa de la Transformación, imponiéndose en el proceso interno a Javier Lamarque, Célida López, María Dolores del Río, Froylán Gámez y Omar del Valle.

La competencia por la conducción estatal terminó; la negociación por los espacios de poder, no.

Durazo: el árbitro que también tiene intereses

Alfonso Durazo ocupa una posición singular. Es gobernador de Sonora, presidente del Consejo Nacional de Morena y uno de los principales referentes políticos del movimiento en el estado.

Aunque formalmente las candidaturas corresponden a los procedimientos del partido, sería ingenuo desconocer la influencia política que puede ejercer quien encabeza el gobierno estatal y mantiene interlocución con la dirigencia nacional.

La designación de Lorenia Valles fue interpretada por distintos observadores como favorable al grupo político del gobernador. El País, al analizar las definiciones de Morena en septiembre, identificó expresamente esa cercanía. No obstante, Valles ha rechazado públicamente ser una candidata impuesta por Durazo.

Conviene distinguir ambas cosas: la percepción de afinidad política está documentada; una intervención determinante del gobernador en el resultado no ha sido demostrada.

Durazo enfrenta ahora una responsabilidad distinta: evitar que la definición sucesoria produzca resentimientos capaces de debilitar al partido. Su reunión con los dirigentes parece responder precisamente a esa necesidad.

Lorenia Valles: ganar la candidatura no equivale a controlar el partido

La nueva coordinadora estatal cuenta con una trayectoria prolongada en la izquierda sonorense y una posición institucional favorable. Pero su principal desafío no será solamente competir contra la oposición, sino conseguir que los liderazgos internos trabajen efectivamente bajo una conducción compartida.

La propia Valles reconoció, después de su designación, que tendría que reunirse individualmente con sus antiguos competidores para construir acuerdos.

Esa declaración contiene una verdad política elemental: una encuesta puede resolver quién encabeza un proyecto, pero no elimina automáticamente las estructuras, simpatizantes y aspiraciones de quienes perdieron.

Morena reúne en Sonora a militantes fundadores, antiguos cuadros de otros partidos, funcionarios gubernamentales y dirigentes territoriales con capital político propio. Su cohesión requiere algo más que disciplina declarativa.

Javier Lamarque: una ausencia que merece atención

Entre los nombres difundidos de quienes participaron en la reunión no aparece Javier Lamarque Cano, alcalde de Cajeme y uno de los principales contendientes por la coordinación estatal.

Su ausencia en esa lista no demuestra distanciamiento ni ruptura. Sin embargo, tampoco resulta políticamente irrelevante.

Lamarque representa una vertiente histórica del movimiento, con presencia en Cajeme y vínculos organizativos que trascienden ese municipio. Después del resultado interno, declaró que no abandonaría Morena, aunque cuestionó que la encuesta fuera el único criterio para definir liderazgos.

Más revelador todavía: informó que había reunido a aproximadamente 800 dirigentes y cuadros políticos procedentes de más de 40 municipios para explicarles el resultado y convocarlos a mantener la unidad.

Ese dato permite advertir que Lamarque conserva una red política cuya importancia no desapareció con la designación de Valles.

No hay evidencia suficiente para atribuirle intenciones rupturistas. Pero su incorporación activa al nuevo esquema será una prueba decisiva de la capacidad integradora del partido.

Célida López y Hermosillo: la segunda gran negociación

El caso de Célida López ilustra otra dimensión de los acuerdos internos.

Después de competir por la coordinación estatal, fue designada coordinadora municipal de la Cuarta Transformación en Hermosillo. Su participación en la reunión y la difusión pública de la fotografía muestran su disposición a desempeñar un papel visible en la nueva etapa.

Hermosillo no es una plaza secundaria. La capital constituye uno de los principales centros de población, actividad económica e influencia política de Sonora, y es gobernada por el opositor Antonio Astiazarán.

La encomienda de Célida puede interpretarse simultáneamente como una oportunidad para reorganizar al morenismo capitalino y como una fórmula de incorporación de una antigua contendiente al proyecto estatal.

Pero sería prematuro confundir esa coordinación con una candidatura municipal formalmente otorgada.

Los aliados y los grupos que todavía deben acomodarse

La estructura política de Morena en Sonora no se limita a sus militantes formalmente afiliados. También intervienen el Partido del Trabajo, el Partido Verde y dirigentes que llegaron al movimiento desde otras organizaciones políticas.

María Dolores del Río participó en el proceso interno vinculada al PT; Omar del Valle lo hizo desde el espacio del Partido Verde. Sus trayectorias recuerdan que la coalición gobernante no es una organización monolítica.

A ello se suman legisladores, funcionarios y operadores municipales que buscan conservar influencia y participar en las futuras candidaturas.

Aquí aparece el problema fundamental: la unidad electoral puede construirse mediante acuerdos, pero la distribución de los espacios disponibles tiene límites.

No todos podrán obtener las posiciones que desean. Y cuando llegue la selección de alcaldes, diputados y demás representantes, las diferencias que hoy parecen superadas podrían reaparecer.

La intervención de la dirigencia nacional

La operación política no corresponde exclusivamente a Durazo.

El 17 de octubre, durante una asamblea en Sonora, la dirigente nacional de Morena, Ariadna Montiel, llamó a mantener la unidad y reconoció expresamente las trayectorias de Javier Lamarque, Célida López, María Dolores del Río y otros participantes.

Ese pronunciamiento resulta significativo porque revela que la incorporación de los distintos liderazgos es también una preocupación de la conducción nacional.

Morena necesita evitar que sus procesos internos debiliten la organización territorial y comprometan sus posibilidades electorales.

En ese contexto, la reunión del gobernador aparece como parte de una estrategia más amplia de integración, aunque no existen elementos públicos suficientes para afirmar que haya obedecido a instrucciones específicas de la dirigencia nacional.

La verdadera disputa comienza ahora

El escenario que se perfila no es necesariamente el de una ruptura, pero tampoco el de una unidad consumada.

Lorenia Valles dispone de la coordinación estatal; Célida López encabeza las tareas políticas en Hermosillo; Javier Lamarque conserva una red territorial relevante; los aliados buscan representación y Durazo procura mantener articulados a los distintos actores.

Es una estructura de equilibrios todavía en construcción.

La prueba no estará en las próximas fotografías, sino en las decisiones que habrán de adoptarse cuando se definan candidaturas y responsabilidades políticas.

¿Se incorporará efectivamente a los grupos que no obtuvieron la coordinación estatal? ¿Tendrán participación real los liderazgos territoriales? ¿Prevalecerán las reglas partidistas sobre las negociaciones personales? ¿Podrá Lorenia Valles construir autoridad propia sin depender permanentemente de la intermediación del gobernador?

Son preguntas que todavía carecen de respuestas definitivas.

La oposición, por su parte, no necesita necesariamente provocar una fractura interna de Morena; le bastaría aprovechar los efectos electorales de una eventual desmovilización de sus grupos inconformes.

La fotografía y el poder

La reunión del 20 de octubre deja una conclusión razonablemente fundada: Alfonso Durazo está participando activamente en un esfuerzo de articulación política posterior a la selección de la coordinación estatal.

Lo que no demuestra es que todas las diferencias estén resueltas, que exista un reparto definitivo de posiciones o que los grupos hayan renunciado a sus aspiraciones.

Morena tiene hoy una conducción estatal definida, pero todavía debe convertir esa definición en una organización electoral cohesionada.

Y en esa tarea, Lorenia Valles tendrá que demostrar que puede pasar de ser la ganadora de un proceso interno a convertirse en una dirigente capaz de integrar a quienes compitieron contra ella.

Porque en política una fotografía puede reunir a todos alrededor de una mesa; lo verdaderamente difícil es conseguir que permanezcan juntos cuando llegue el momento de repartir el poder. 


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