1945: la Iglesia católica y la historia
de la Catedral derruída.
Por Leonardo Reichel Urroz
Corría el año de 1945. Ciudad Obregón
era todavía una población joven, surgida al impulso de la agricultura y de los
sueños de quienes habían llegado al Valle del Yaqui en busca de una vida mejor.
Sus calles, sus edificios y sus instituciones comenzaban a darle identidad a
una comunidad que crecía con sorprendente rapidez.
En aquel escenario, la iglesia
parroquial del Sagrado Corazón de Jesús se levantaba lentamente, como una
expresión de la fe, la perseverancia y el esfuerzo colectivo de sus habitantes.
Sus muros estaban construidos, pero todavía le faltaban las esbeltas torres que
años después definirían su inconfundible silueta.
La fotografía que hoy rescatamos del
pasado nos devuelve precisamente a ese momento: cuando el templo era todavía
una obra inconclusa, pero representaba ya uno de los símbolos más entrañables
de la naciente ciudad.
Su construcción había comenzado
alrededor de 1930, poco después de los acuerdos alcanzados en 1929 entre el
gobierno mexicano y la jerarquía católica, que pusieron fin a la fase armada de
la Guerra Cristera. Fueron tiempos difíciles para la Iglesia, particularmente
en Sonora, donde la persecución religiosa había dejado profundas heridas entre
sacerdotes y fieles.
El templo se edificó en el sector
norte de la población original, en el entorno de las actuales calles 5 de
Febrero y Allende, cerca del espacio que habría de consolidarse como centro
cívico de Ciudad Obregón.
Su arquitectura, de inspiración
neogótica, destacaba por los arcos ojivales, las ventanas alargadas, la pronunciada
inclinación de sus techumbres y la monumentalidad de una fachada que parecía
anunciar las aspiraciones de una ciudad destinada a crecer.
La obra avanzó durante muchos años,
al ritmo de los recursos disponibles y de las aportaciones de una comunidad que
hizo suyo aquel proyecto.
Los hombres y mujeres que hicieron posible el templo
Detrás de los muros de aquella
iglesia existió una historia de voluntades, sacrificios y generosidad que
merece ser recordada.
En 1940, el obispo de Sonora,
monseñor Juan Navarrete y Guerrero, designó al padre Salvador Andrade como
primer párroco del Sagrado Corazón de Jesús, dando así una organización propia
a la comunidad católica de Ciudad Obregón.
Entre los sacerdotes vinculados a los
primeros años de aquella parroquia figuran también los padres Juan C. Barceló,
Pedroza y José de Jesús Torres, cuyos nombres forman parte de la memoria
religiosa de la ciudad.
Antes de la constitución formal de la
parroquia, el padre Alfonso Rodríguez había celebrado una de las primeras misas
en el templo, cuando la construcción no era todavía más que un enorme galerón
que albergaba las esperanzas de los fieles.
Años después, en 1947, llegaría el
padre Antonio Hoyos Martínez (1917-1998), quien permanecería al frente de la
parroquia hasta 1961. Su prolongado ministerio coincidiría con una de las
etapas más importantes de consolidación de la comunidad católica y con la
transformación del templo parroquial en catedral.
Pero sería injusto recordar solamente
a los sacerdotes.
En aquella empresa desempeñaron un
papel extraordinario las mujeres católicas de Ciudad Obregón, cuya entrega,
entusiasmo y capacidad de organización contribuyeron a sostener las obras y las
actividades religiosas.
Entre ellas sobresalieron doña Eliza
de Zaragoza y Marina de Araiza, representantes de aquellas generaciones de
mujeres que, sin buscar reconocimientos, ofrecieron su tiempo, sus recursos y
sus esfuerzos para hacer realidad una aspiración compartida.
Su participación nos recuerda que la
historia de una ciudad no se construye únicamente desde los despachos oficiales
o las grandes decisiones, sino también mediante el trabajo silencioso de
personas que entregan generosamente lo mejor de sí mismas.
En los primeros trabajos de
construcción participaron el arquitecto Gustavo Aguilar y el ingeniero Eduardo
Gaxiola, cuyos nombres quedaron vinculados al desarrollo de aquella obra.
Monseñor Juan Navarrete y Guerrero:
un pastor en tiempos difíciles
Una figura fundamental en esta
historia fue monseñor Juan Navarrete y Guerrero, obispo de Sonora, quien
desempeñó su ministerio durante uno de los periodos más complejos de las
relaciones entre la Iglesia y el Estado mexicano.
Desde Hermosillo, y en determinadas
etapas incluso desde el destierro, consecuencia de los conflictos religiosos de
aquellos años, Navarrete impulsó la reorganización de las comunidades católicas
sonorenses.
Su labor no se limitó a la atención
espiritual. Promovió la educación, la formación religiosa, la asistencia social
y la participación de los laicos.
Particular importancia tuvo la Liga
Diocesana de Sonora, en la que numerosas mujeres desempeñaron tareas de
organización parroquial, recaudación de recursos y sostenimiento de obras
educativas, religiosas y asistenciales.
Ese espíritu de solidaridad también
encontró expresión en Ciudad Obregón, donde la construcción del Sagrado Corazón
de Jesús fue mucho más que un proyecto arquitectónico: constituyó una
manifestación de identidad comunitaria.
Una iglesia que crecía junto con la
ciudad
Hacia 1945, Ciudad Obregón comenzaba
a consolidarse como uno de los centros urbanos más importantes del sur de
Sonora.
La expansión agrícola del Valle del
Yaqui, las obras de irrigación, el establecimiento de nuevas colonias y la
llegada de familias procedentes de distintas regiones de México habían
transformado profundamente el antiguo asentamiento de Cajeme.
Con la población crecían también las
necesidades de escuelas, hospitales, espacios de reunión y servicios
religiosos.
En sus primeros años, los católicos
de Cajeme dependían de la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe de Cócorit,
una comunidad de raíces históricas mucho más antiguas.
Por ello, la creación de la parroquia
del Sagrado Corazón de Jesús en 1940 significó un paso importante en la
consolidación institucional de Ciudad Obregón.
El templo no era solamente un lugar
destinado a la celebración de misas, bautismos, matrimonios y funerales.
Con el paso del tiempo se convirtió
también en un centro de convivencia. Sus instalaciones albergaron salones,
oficinas, espacios para la enseñanza religiosa y un patio donde se
desarrollaban actividades deportivas, talleres y hasta proyecciones
cinematográficas.
Allí se encontraron generaciones de
familias; allí se celebraron acontecimientos felices y se acompañaron momentos
de dolor; allí muchos habitantes de la ciudad construyeron recuerdos que
habrían de conservar durante toda su vida.
De parroquia a catedral
El destino de aquel templo cambiaría
definitivamente el 20 de junio de 1959, cuando el papa Juan XXIII creó la
Diócesis de Ciudad Obregón mediante la bula Cum petiisset.
Al año siguiente, en 1960, monseñor
José Soledad Torres Castañeda asumió como primer obispo de la nueva diócesis, y
la antigua iglesia parroquial del Sagrado Corazón de Jesús adquirió la dignidad
de catedral.
Aquella transformación representó el
reconocimiento eclesiástico de la importancia que Ciudad Obregón había
alcanzado en la vida regional.
El edificio, que durante décadas
había sido levantado con el esfuerzo de sacerdotes y feligreses, se convirtió
en sede episcopal y en uno de los principales símbolos religiosos del sur de
Sonora.
Sin embargo, el paso del tiempo
también habría de transformar su fisonomía.
Entre 1977 y 1978 comenzaron los
trabajos que conducirían a la demolición del antiguo templo para dar lugar a la
construcción de la catedral moderna que conocemos actualmente.
Con la desaparición de sus torres, sus arcos y sus viejos muros se perdió también una de las imágenes arquitectónicas más características del Ciudad Obregón de mediados del siglo XX. Pero no desapareció su memoria.
La fotografía como testimonio de una
época
Hoy, al contemplar aquella fotografía
de 1945, descubrimos mucho más que un edificio religioso en construcción.
Vemos a una ciudad que comenzaba a
reconocerse a sí misma; a una comunidad que, en medio de las dificultades
propias de su tiempo, encontraba motivos para reunirse y trabajar por un
propósito común.
Imaginamos a los albañiles levantando
los muros, a las mujeres organizando colectas, a los sacerdotes celebrando sus
oficios y a las familias que acudían a aquel templo todavía incompleto,
convencidas de que algún día estaría terminado.
La fotografía también nos permite
comprender que las ciudades poseen una memoria que va mucho más allá de sus
calles y edificios.
Cada construcción antigua guarda una
historia humana. Detrás de sus piedras permanecen las ilusiones, las preocupaciones,
la fe y los sacrificios de quienes nos precedieron.
Por fortuna, existen todavía fuentes
documentales que permiten reconstruir parte de esa historia. Entre ellas
destaca el archivo de monseñor Juan Navarrete y Guerrero, conservado por la
Universidad de Arizona, que reúne correspondencia, fotografías y otros
testimonios de su prolongado ministerio episcopal.
Estos materiales, junto con los
archivos parroquiales y las memorias familiares, constituyen un patrimonio
invaluable para conocer los orígenes de la vida religiosa de Ciudad Obregón.
Un recuerdo que merece permanecer
La antigua Catedral del Sagrado
Corazón de Jesús fue testigo del crecimiento de Ciudad Obregón, de la
transformación del Valle del Yaqui y de la vida cotidiana de generaciones enteras.
Sus muros acompañaron los años en que
la ciudad pasó de ser una pequeña población agrícola a convertirse en uno de
los centros económicos, sociales y culturales más importantes del noroeste
mexicano.
Aunque aquel edificio desapareció
físicamente, su historia continúa formando parte de nuestra identidad.
Recordarlo significa rendir homenaje
a los sacerdotes que lo atendieron, a los profesionistas y trabajadores que
participaron en su construcción, a las mujeres que sostuvieron sus actividades
y a las familias que encontraron en él un lugar de encuentro, consuelo y
esperanza.
Porque una ciudad no solamente se
construye con ladrillos, calles y edificios. También se edifica con la fe, la
solidaridad, el trabajo y los sueños de quienes la habitan.
Y aquella vieja iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, cuya imagen nos devuelve hoy al Ciudad Obregón de 1945, permanece como un testimonio entrañable de los hombres y mujeres que ayudaron a levantar, piedra sobre piedra, la ciudad que heredamos.




