DISPUTA POR EL PODER EN SONORA
La reunión convocada por Alfonso Durazo revela una operación de
integración política que busca evitar fracturas después de la definición
sucesoria. Sin embargo, la verdadera unidad del movimiento dependerá de cómo se
distribuyan las responsabilidades, las candidaturas y el poder territorial
rumbo a 2027.
Por Leonardo Reichel Urroz
En política, las fotografías suelen mostrar lo que sus protagonistas
desean comunicar, pero no necesariamente todo lo que ocurre detrás de ellas. La
imagen difundida este 20 de octubre, en la que el gobernador Alfonso Durazo
aparece acompañado de diversos dirigentes de Morena y antiguos aspirantes a
cargos de elección popular, merece una lectura que vaya más allá de la
celebración de una supuesta unidad partidista.
La reunión, congregó a figuras como Célida López, Omar del Valle
Colosio, Froylán Gámez, Norberto Barraza, Jacobo Mendoza, Diana Karina
Barreras, Adolfo Salazar y otros integrantes del movimiento. No fue una
concentración de militantes anónimos, sino de personajes con trayectorias,
intereses y expectativas políticas diferenciadas.
Su significado resulta más claro si se observa el momento en que ocurre:
apenas unas semanas después de que Lorenia Valles Sampedro obtuviera la
coordinación estatal de los Comités de Defensa de la Transformación,
imponiéndose en el proceso interno a Javier Lamarque, Célida López, María
Dolores del Río, Froylán Gámez y Omar del Valle.
La competencia por la conducción estatal terminó; la negociación por los espacios de poder, no.
Durazo: el árbitro que también tiene intereses
Alfonso Durazo ocupa una posición singular. Es gobernador de Sonora,
presidente del Consejo Nacional de Morena y uno de los principales referentes
políticos del movimiento en el estado.
Aunque formalmente las candidaturas corresponden a los procedimientos
del partido, sería ingenuo desconocer la influencia política que puede ejercer
quien encabeza el gobierno estatal y mantiene interlocución con la dirigencia
nacional.
La designación de Lorenia Valles fue interpretada por distintos
observadores como favorable al grupo político del gobernador. El País, al
analizar las definiciones de Morena en septiembre, identificó expresamente esa
cercanía. No obstante, Valles ha rechazado públicamente ser una candidata
impuesta por Durazo.
Conviene distinguir ambas cosas: la percepción de afinidad política está
documentada; una intervención determinante del gobernador en el resultado no ha
sido demostrada.
Durazo enfrenta ahora una responsabilidad distinta: evitar que la
definición sucesoria produzca resentimientos capaces de debilitar al partido.
Su reunión con los dirigentes parece responder precisamente a esa necesidad.
Lorenia Valles: ganar la candidatura no equivale a controlar el partido
La nueva coordinadora estatal cuenta con una trayectoria prolongada en
la izquierda sonorense y una posición institucional favorable. Pero su
principal desafío no será solamente competir contra la oposición, sino
conseguir que los liderazgos internos trabajen efectivamente bajo una
conducción compartida.
La propia Valles reconoció, después de su designación, que tendría que
reunirse individualmente con sus antiguos competidores para construir acuerdos.
Esa declaración contiene una verdad política elemental: una encuesta
puede resolver quién encabeza un proyecto, pero no elimina automáticamente las
estructuras, simpatizantes y aspiraciones de quienes perdieron.
Morena reúne en Sonora a militantes fundadores, antiguos cuadros de otros partidos, funcionarios gubernamentales y dirigentes territoriales con capital político propio. Su cohesión requiere algo más que disciplina declarativa.
Javier Lamarque: una ausencia que merece atención
Entre los nombres difundidos de quienes participaron en la reunión no
aparece Javier Lamarque Cano, alcalde de Cajeme y uno de los principales
contendientes por la coordinación estatal.
Su ausencia en esa lista no demuestra distanciamiento ni ruptura. Sin
embargo, tampoco resulta políticamente irrelevante.
Lamarque representa una vertiente histórica del movimiento, con
presencia en Cajeme y vínculos organizativos que trascienden ese municipio.
Después del resultado interno, declaró que no abandonaría Morena, aunque
cuestionó que la encuesta fuera el único criterio para definir liderazgos.
Más revelador todavía: informó que había reunido a aproximadamente 800
dirigentes y cuadros políticos procedentes de más de 40 municipios para
explicarles el resultado y convocarlos a mantener la unidad.
Ese dato permite advertir que Lamarque conserva una red política cuya
importancia no desapareció con la designación de Valles.
No hay evidencia suficiente para atribuirle intenciones rupturistas. Pero su incorporación activa al nuevo esquema será una prueba decisiva de la capacidad integradora del partido.
Célida López y Hermosillo: la segunda gran negociación
El caso de Célida López ilustra otra dimensión de los acuerdos internos.
Después de competir por la coordinación estatal, fue designada
coordinadora municipal de la Cuarta Transformación en Hermosillo. Su
participación en la reunión y la difusión pública de la fotografía muestran su
disposición a desempeñar un papel visible en la nueva etapa.
Hermosillo no es una plaza secundaria. La capital constituye uno de los
principales centros de población, actividad económica e influencia política de
Sonora, y es gobernada por el opositor Antonio Astiazarán.
La encomienda de Célida puede interpretarse simultáneamente como una
oportunidad para reorganizar al morenismo capitalino y como una fórmula de
incorporación de una antigua contendiente al proyecto estatal.
Pero sería prematuro confundir esa coordinación con una candidatura municipal formalmente otorgada.
Los aliados y los grupos que todavía deben acomodarse
La estructura política de Morena en Sonora no se limita a sus militantes
formalmente afiliados. También intervienen el Partido del Trabajo, el Partido
Verde y dirigentes que llegaron al movimiento desde otras organizaciones
políticas.
María Dolores del Río participó en el proceso interno vinculada al PT;
Omar del Valle lo hizo desde el espacio del Partido Verde. Sus trayectorias
recuerdan que la coalición gobernante no es una organización monolítica.
A ello se suman legisladores, funcionarios y operadores municipales que
buscan conservar influencia y participar en las futuras candidaturas.
Aquí aparece el problema fundamental: la unidad electoral puede
construirse mediante acuerdos, pero la distribución de los espacios disponibles
tiene límites.
No todos podrán obtener las posiciones que desean. Y cuando llegue la selección de alcaldes, diputados y demás representantes, las diferencias que hoy parecen superadas podrían reaparecer.
La intervención de la dirigencia nacional
La operación política no corresponde exclusivamente a Durazo.
El 17 de octubre, durante una asamblea en Sonora, la dirigente nacional
de Morena, Ariadna Montiel, llamó a mantener la unidad y reconoció expresamente
las trayectorias de Javier Lamarque, Célida López, María Dolores del Río y
otros participantes.
Ese pronunciamiento resulta significativo porque revela que la
incorporación de los distintos liderazgos es también una preocupación de la
conducción nacional.
Morena necesita evitar que sus procesos internos debiliten la
organización territorial y comprometan sus posibilidades electorales.
En ese contexto, la reunión del gobernador aparece como parte de una estrategia más amplia de integración, aunque no existen elementos públicos suficientes para afirmar que haya obedecido a instrucciones específicas de la dirigencia nacional.
La verdadera disputa comienza ahora
El escenario que se perfila no es necesariamente el de una ruptura, pero
tampoco el de una unidad consumada.
Lorenia Valles dispone de la coordinación estatal; Célida López encabeza
las tareas políticas en Hermosillo; Javier Lamarque conserva una red
territorial relevante; los aliados buscan representación y Durazo procura
mantener articulados a los distintos actores.
Es una estructura de equilibrios todavía en construcción.
La prueba no estará en las próximas fotografías, sino en las decisiones
que habrán de adoptarse cuando se definan candidaturas y responsabilidades
políticas.
¿Se incorporará efectivamente a los grupos que no obtuvieron la
coordinación estatal? ¿Tendrán participación real los liderazgos territoriales?
¿Prevalecerán las reglas partidistas sobre las negociaciones personales? ¿Podrá
Lorenia Valles construir autoridad propia sin depender permanentemente de la intermediación
del gobernador?
Son preguntas que todavía carecen de respuestas definitivas.
La oposición, por su parte, no necesita necesariamente provocar una fractura interna de Morena; le bastaría aprovechar los efectos electorales de una eventual desmovilización de sus grupos inconformes.
La fotografía y el poder
La reunión del 20 de octubre deja una conclusión razonablemente fundada:
Alfonso Durazo está participando activamente en un esfuerzo de articulación
política posterior a la selección de la coordinación estatal.
Lo que no demuestra es que todas las diferencias estén resueltas, que
exista un reparto definitivo de posiciones o que los grupos hayan renunciado a
sus aspiraciones.
Morena tiene hoy una conducción estatal definida, pero todavía debe convertir
esa definición en una organización electoral cohesionada.
Y en esa tarea, Lorenia Valles tendrá que demostrar que puede pasar de
ser la ganadora de un proceso interno a convertirse en una dirigente capaz de
integrar a quienes compitieron contra ella.
Porque en política una fotografía puede reunir a todos alrededor de una mesa; lo verdaderamente difícil es conseguir que permanezcan juntos cuando llegue el momento de repartir el poder.




