Operación
Irán:
“US Descarga Fecal”
El portaaviones más caro del mundo frena su marcha hacia Irán… Fue
abatido por misiles intestinales auto lanzados
El US Gerald Ford, orgullo de la marina
norteamericana y presumido por Donald Trump como “el más sofisticado del mundo”
fue vencido por fétidos misiles lanzados, no por Irán, Rusia o China, sino
desde los mismos intestinos de la fuerza militar que viaja a bordo. Y
literalmente, algo huele mal en la adquisición del buque, ya que el colapso de
su sistema de drenaje ha sido clasificado por los altos mandos de la marina
como “defectos de fábrica”.
Por Fernando Gutiérrez Rodriguez
Lo que comenzó como un paseo
triunfal, primero por el Atlántico y después por el mar Mediterráneo para
demostrar quién manda en los mares del mundo, terminó convirtiéndose en una
novela de humor negro con olor a aguas residuales que deja en la picota al
hegemon global.
El orgullo de la Armada de los
Estados Unidos, el portentoso portaaviones USS Gerald R. Ford, tuvo que activar
el freno de mano en medio de torzones y fétidas ventosidades y buscar refugio
en un puerto de Israel, suspendiendo su temerario viaje hacia costas de Irán.
¿La razón de tanta urgencia
geopolítica? ¿Un ataque furtivo de la armada iraní? No, sorprendido lector. El
enemigo estaba, literalmente, en casa: los baños.
Resulta que la maquinaria bélica más
cara de la historia —con un costo que ronda los trece mil millones de dólares,
como recordó con orgullo el presidente Trump— resultó tener la misma
resistencia que un castillo de naipes en una tormenta. Mientras cruzaba el
estratégico Estrecho de Gibraltar con la misión de lanzar un mensaje
contundente a Irán, el “Ford” lanzaba su propio mensaje de auxilio a través de
sus tuberías. El sistema de drenaje, encargado de evacuar las materias
residuales de las aproximadamente 5,000 almas que vagan en este pueblo flotante,
colapsó estrepitosamente.
Imagínese la escena: en la cubierta
de vuelo, los cazas F-18 esperan la orden para despegar; en la sala de
máquinas, los ingenieros navales rezan para que los reactores nucleares no
fallen; y en los pasillos de las cubiertas inferiores, la tripulación hace fila
afuera de un inodoro con las piernas cruzadas y mordiéndose los labios.
Según información publicada por
medios como The Wall Street Journal y confirmada por reportes internos de la
marina, el problema no es nuevo, pero sí de dimensiones bíblicas: de los
aproximadamente 650 retretes con los que cuenta la nave —una cifra que parece
sacada de un catálogo de lujo—, cerca del 90% estaban fuera de servicio al
momento del colapso.
La “gastroenteritis” doblegó al gigante
nuclear gringo
No es para menos. Estamos hablando de
una población similar a la de un pequeño municipio, embarcada durante más de
ocho meses —y contando—, con una dieta que, seamos sinceros, no es precisamente
avena y ensalada de legumbres. A bordo, el menú está diseñado para alimentar a
una maquinaria de guerra: proteínas pesadas, carbohidratos contundentes y, cómo
no, el clásico “chili con carne”, tan socorrido de las cocinas militares.
Fuentes no oficiales, pero con
sentido común, señalan que estos platillos, sumados a la ansiedad de una misión
extendida, son un cóctel perfecto para que las “evacuaciones” sean más
frecuentes y, en consecuencia, el ya frágil sistema de drenaje del US Gerald
Ford colapse.
El problema, según los ingenieros que
han tenido que meterse en este “cagadero”, es que el USS Ford estrenó
tecnología de punta en el lugar menos indicado: los desagües. El sistema de
vacío, una adaptación de los cruceros de lujo para ahorrar agua, resultó ser el
talón de Aquiles del coloso.
Los marineros han reportado que las
tuberías, aparentemente diseñadas para papel higiénico de alta gama, no
soportan la rudeza de la vida militar.
Se han encontrado objetos tan
disímiles como camisetas enteras, restos de uniformes y hasta un pedazo de soga
de cuatro pies (más de un metro) alojados en las entrañas del buque,
convirtiendo el sistema de drenaje en una cápsula del tiempo de los olvidos de
la tripulación y en un irónico mensaje a los cantos de victoria del presidente
Donald Trump basados en el orgullo nacional hoy empachado en espera de un diagnóstico
definitivo.
Esperando hacer del dos en una fila
Las consecuencias, más allá del obvio
atentado al olfato, han sido dignas de un comedia dignas de las carpas
mexicanas del siglo pasado y, lo más tétrico que raya en lo inhumano, es que se
reportan tiempos de espera de hasta 45 minutos para poder usar un sanitario en
condiciones más o menos óptimas. Algunas versiones epistolares de marines
filtradas por familiares destinatarios indican que los connatos de
amotinamientos de pasajeros y tripulación han sido frecuentes lo que ha dado
pie a suspender la misión.
La desesperación ha sido tal que, en
algunos sectores, los oficiales han tenido que implementar protocolos de
emergencia, que incluyen la mexicanísima posición “de aguilita”, con dirección
de entrega inmediata en las agitadas aguas del embravecido océano Atlántico o
sobre las apacibles aguas del mar mediterráneo, según haya sido la ubicación
del periplo bélico.
Circula, entre la tripulación, la
amarga ironía de que los marines están más preocupados por los “misiles Scud”
lanzados desde sus propios intestinos que por los que podría lanzar Teherán,
que seguramente resultarían menos fétidos.
El capitán David Skarosi, comandante
del buque, ha tenido que lidiar con un frente interno más rebelde que cualquier
amenaza externa. En una carta filtrada a la prensa, Skarosi admitió que muchos
de sus navegantes están “asumiendo la pérdida de sus vacaciones en Disney World
y bodas a las que ya habían confirmado asistencia” con tal de concluir la
misión disuasiva contra las amenazas de Irán.
Pero el capitán omitió mencionar que,
además de perderse ver a Mickey Mouse, se están perdiendo la oportunidad de
hacer del dos sin tener que hacer una cita previa con 24 horas de anticipación.
La situación es tan absurda que roza
lo trágico. La Marina, en un intento desesperado por mantener la compostura
ante una riesgosa descompostura, ha recurrido a limpiezas químicas con ácido
para disolver los atascos en las cañerías del coloso, un procedimiento que
cuesta la friolera de 400,000 dólares por aplicación.
El problema se agrava porque este
mantenimiento pesado solo puede realizarse a línea de puerto, no en alta mar.
He aquí la paradoja: el barco de guerra más avanzado del mundo, diseñado para
proyectar poder a miles de kilómetros, se ve obligado a atracar porque sus
cañerías se comportan como las de un edificio de los años sesenta y que no
soporta tanta materia fecal que se genera a bordo.
Reflexión en el excusado
Mientras el USS Gerald Ford permanece
con los intestinos constipados en Haifa, Israel, recibiendo atención médica que
incluye un lavado digestivo de costo muy elevado, la pregunta que flota en el
aire —y no precisamente con olor a jazmín— es:
¿Cómo es posible que la poderosa y
sofisticada nave insignia de la libertad, con un costo superior al PIB de
pequeños países, haya sido vencida por un problema tan mundano de origen fecal?
El mensaje del presidente Trump, que
hace semanas anunciaba con bombo y platillo la misión para contener a Irán
desde esta maravilla tecnológica, hoy suena como una promesa vacía que se
desvanece entre los gorgoteos de una tubería atascada y una fuerza militar de
cerca de cinco mil personas se pasea por los mares del con la única misión de
comer, dormir y defecar, con cargo a los contribuyentes de Estados Unidos y…a
las cañerías que hoy dijeron ¡ya basta! y colapsaron como protesta.
A fin de cuentas, el poderío militar
de la nación más poderosa del mundo y la misión intimidatoria a Irán ha
quedado, ¿por unos días?, suspendida… Y que ironía, todo por falta de papel
higiénico y un mal diseño de sus entrañas evacuantes.
Mientras los marinos hacen fila y sueñan con el momento en que puedan volver a usar un baño sin la angustia de que su material depositado “no se va”, el mundo contempla, entre irónico y compasivo, cómo a veces los imperios se tambalean no por la fuerza del enemigo, sino por la fragilidad de sus propias cañerías. Después de todo, como reza un sabio refrán popularizado en España: “por el culo se empieza la casa”. En este caso, la casa flotante más cara del mundo.